Perdí a una edad temprana un dinero que no tenía, participando en un juego de mesa del que ya no recuerdo ni el nombre. Nunca tuve maneras de tahúr, ni fisonomía, ni el carácter que se asocia a un jugador curtido: su calma proverbial, el pulso firme, la mirada inexpresiva de quien se tira un farol. Sin embargo, creo que sería capaz de quemar todas mis naves en un envite y perder el honor en un momento de éxtasis. Convertirme en un ser abyecto por un mazo de cartas manchadas y salir de una timba con los pantalones bajados. Corromper mi espíritu por contar con una ficha más. Si confieso esto la gente no me cree, pero podría llegar a ser muy miserable. Alcanzar esa hora en que la ginebra sabe a ceniza y los colibríes rebotan en tu cabeza como balas invisibles. Salir de un garito tambaleándote más allá de la desesperación. Hay algo subyugante en exprimir hasta el último chavo y saber que nadie rezará por ti. La calle helada como una morgue y un bulbo de cemento en tu nuca. El susurro del Jaguar de quien te ha ganado la última mano. Sólo los jugadores que apuestan el alma saben lo que eso significa: algo en la vida, en el núcleo de la vida, huele igual que los bolsillos de los perdedores.
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miércoles, 16 de febrero de 2011
jueves, 18 de noviembre de 2010
Doctor Cabanas
Mi madre se llevó un disgusto tremendo cuando dejé los estudios de medicina. Lo cierto es que, pasados los años, a mucha gente le ha dado por decir que yo hubiese hecho buen papel como galeno, creo que por la misma causa que los testigos de Jehová me paran por la calle intentando evangelizarme. Cuánto soplapollas, Dios mío. Supongo que fue un fracaso en toda regla, pero la mía era una vocación más lúgubre que profesional. Evoco ese episodio de mi juventud y me veo a mí mismo haciendo gala de un humor macabro - de qué género iba a ser, sino -, gesticulando teatralmente para impresionar a las chicas. Ah, los muertos... me impresionó más verlos cubiertos por una sábana que luego sobre las mesas como odres de cartón. Durante mucho tiempo me acosó aquel hedor dulce y penetrante del formol, impregnando las lámparas y los visillos de mi casa. Nunca compartí el entusiasmo de mis colegas por localizar tibias en los osarios y el balde donde flotaban las vísceras - en una especie de ponche amniótico - sólo me inspiraba un tibio horror. Cómo creer en el alma después de haber sido testigo impertinente de tanta ausencia. En las frías mañanas de diciembre, tenía que coger una barca para cruzar la ría y desde allí un autobús que me llevaba a la facultad. Siempre que pienso en esa época me viene a la memoria una sucesión de días plomizos y un campo embarrado donde jugábamos al rugby. Pero sobre todo recuerdo al legionario que había donado su cadáver a la ciencia, después de que un rival tabernario le abriera el cráneo con un hacha. Mejor dicho, lo debió hacer antes, tal vez mientras fumaba hachis en las dunas, sospechando que, por encima de todo, él siempre sería un novio de la muerte. El pequeño legionario de cuerpo fibroso, tendido en una mesa de acero rodeado de batas blancas, a quien el destino había despojado de la serigrafía heroica de sus tatuajes. Tal vez era el único que conservaba un vestigio de alma, una sombra pálida y sinuosa, elevándose como polvo duro hacia el cielo. Aquellos años donde yo perdí la pureza, entre alumnas lindas y aplicadas, caminando por aulas vacías que parecían un laberinto. En la morgue reposaba el soldadito español y entre las nubes, a veces, yo veía pájaros negros.
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