Jacobo Timmerman, el ilusionista de la chistera verde y el ojo de cristal, que fue capaz de introducir un elefante y dos serpientes en una cabina de teléfonos, salir indemne de una inmersión a cien metros de profundidad en el Ártico y pernoctar en la alcoba de la Reina Margarita de Holanda después de esfumarse ante los atónitos ojos de mil espectadores en el Royal Albert Hall de Londres, resucitó este domingo, rodeado de su escueta familia, tras leer su propio óbito en un periódico de New Jersey.
lunes, 5 de septiembre de 2011
miércoles, 31 de agosto de 2011
Decepción
Me acuerdo a veces de las personas a las que he dejado en la estacada, a las que no escuché como merecían, como correspondía, a las que incluso traté con un tic de displicencia. Veo a P., cuya trayectoria profesional se había alejado de la mía muchos años atrás, sentado en mi oficina, susurrándome mi vida se ha derrumbado, se han roto los lazos familiares, ni siquiera me queda aquel pequeño negocio, lo veo contándome una historia de fracaso canónico, de manual, agravada por desenlaces aciagos, patéticos, casi un poco inverosímiles. Intentaré hacer lo que pueda, le digo, dame tu móvil, lo acompaño hasta el pasillo, palabras de gratitud, un apretón de manos, un silencio angustioso, un suspiro de alivio cuando se cierran las puertas del ascensor. No conservaré el móvil, meses después me acordaré vagamente de él por una oportunidad y no encontraré el número, intentaré localizarlo a través de un tercero, sabré perfectamente que practico un simulacro, una especie de justificación estéril, las puertas del ascensor viajando la una hacia la otra, eso es lo que recordaré con una nitidez hiriente, el rostro de mi amigo recortándose en el espejo manoseado del fondo, su rostro flaco y su sonrisa triste, el bigote humedecido. Él sabía, con una certeza desoladora, que no le prestaría ninguna ayuda.
martes, 26 de julio de 2011
Nubes
No soporto el cielo sin nubes, aunque aborrezco la niebla. Sé que hay gente que acepta el sopor de la canícula a cambio de sentir el sol en sus huesos. Las nubes me conmueven y me hacen pensar que el mundo tiene sentido. Una vez, bajando una montaña, sufrí un terror ciego mientras descendía en medio de una tempestad (corría por la ladera cobarde, insensatamente, dejando atrás a los más débiles). Los truenos sonaban a nuestro alrededor como crótalos siniestros, llenándonos de angustia el corazón. Estoy dispuesto a pagar ese precio a pesar de cagarme en los pantalones. Un millón de veces antes un cielo entenebrecido que un lienzo desnudo. Cielos donde, al menos, aflore un diminuto cardenal. El cuello de la cazadora alzado mientras las nubes se desgajan como ramas viejas, como camisas que llevan demasiado tiempo al sol. A veces me las quedo mirando sin respirar: masas hinchadas que avanzan amenazantes, presagiando un día húmedo y ventoso. La ciencia las define con una caligrafía de flechas, de mapas isométricos, pero para mí son islas que viajan alrededor de la tierra. Nube oscura, nube añil, nube del alma, yo te bendigo cuando camino bajo los cielos. Sobre bosques sonoros o diligencias renqueantes, os imagino dejando pasar las horas. Sí, ya lo sé, vuelvo al pasado, a las ventanas de mi niñez, y mi madre diciéndome que tengo la cabeza en las nubes.
martes, 19 de julio de 2011
De regreso
En medio de la rotonda, en un atasco bestial, entre conductores que hablan por sus móviles con las manos crispadas al volante, acosado por los bocinazos y la peste a gasolina, justo a la izquierda, al lado de unas casas chatas y pobres, a veces hay una cuerda en la que veo tendidas mudas viejas, pantalones holgadísimos, chándals de colores eléctricos, bragas y pinzas, pinzas solitarias como orejas puntiagudas, y una loma que se recorta en un cielo que es un escupitajo de nácar. Nunca hay gente en ese lugar, pero cuando miro por el retrovisor, saliendo de la rotonda, me imagino a una niña rasgando como un pequeño huracán las sábanas de la tarde blanca.
miércoles, 29 de junio de 2011
Periferias
El primer día de clase el alumno apareció montado en una moto de aspecto macarra y sin dejarle echar el pie a tierra, los municipales que lo perseguían se abalanzaron sobre él, le aplastaron los morros contra una chapa y lo esposaron entre maldiciones y jadeos. Intervine para decirles que aquel era un espacio docente, pero el más rudo me plantó una mano enguantada frente a los ojos y, por su forma de mirarme, me dio la impresión de que creía ser la reencarnación de Liberty Valance. Al día siguiente, con el fin de plantear mis protestas y pedir explicaciones, fui a ver al comisario, un cincuentón sosegado y flemático que, después de pedirme disculpas, me dijo que el chico, camino de
lunes, 20 de junio de 2011
Verano
Voy a ir al verano
donde dicen que las campanas aturden
y los ángeles custodian templos
donde mueren las playas.
Voy a ir allí,
y espero hallar
lo que todos los poetas
perciben
en el filo de sus versos:
el vértigo melancólico de las golondrinas
que se persiguen
unas a otras
unas a otras
unas a otras.
viernes, 3 de junio de 2011
Viejo
Me vi viejo. Había refrescado inesperadamente y me puse a buscar unas zapatillas de invierno y al ponérmelas percibí de repente la vejez. Como muchos otros antes que yo, hasta ahora, cada vez que veía un anciano en la calle, pensaba que nunca llegaría a ser como ellos. Que nunca tendría su mirada triste, su andar titubeante, la piel ajada o flácida. Es preferible no llegar a eso, pensaba, no pasar ese umbral donde la muerte acecha como un abismo detrás de una puerta, donde los días resbalan en la turbia economía de las cosas prestadas. Por qué aceptar la decrepitud, su crueldad, la implacable parsimonia de sus sinsabores: los padecimientos óseos, las dispepsias, la corrupción dental, el insomnio, la angustia. El estúpido consuelo de las religiones. Y toda la farmacopea convirtiéndote en una rata de laboratorio. Mejor no llegar a eso, me dije, no cruzar el umbral. Calzado sobre unas zapatillas de felpa, partido en dos delante del espejo, con la mitad de mi vida engastada en la joya de la juventud y la otra en un reflejo amenazante, me vi en la frontera de la vejez. Saqué los pies de su sitio y dejé que me atravesara el frío blanco de las baldosas.
