Siempre me gustó oler las cosas, como a otros devorar chuches o ponerse bufandas de seda. Meter las narices en cualquier sitio, restregar la punta colorada, dilatar como un cazón las fosas nasales. Oler las manos, el tapón de vino, la ropa interior, el agua con sabor a hierro, la hierba recién segada. Acercar a la cara la ropa sucia o nueva, envolver con ella los ojos y el pelo, asfixiarme lentamente en su aroma innombrable. Todo se puede oler, las heces y el ámbar, la sangre y los recuerdos, las uñas de los viejos y de los niños, a las que sólo separa un soplo de vida. Me quedaba mudo oliendo mi decrepitud cuando estaba enfermo, podía imaginarme la salitre royendo mi piel, unas abejas pesadas y rizosas dejando un polen oloroso sobre mi vientre. Puedo oler el pañuelo perfumado que me dejaste en mi juventud, era tan cursi, abría el armario y me metía dentro buscando tu olor, en el ojal de una chaqueta, en los puños rozados, en los círculos hinchados y salaces de mi memoria. Puedo oler a veces la muerte, en los árboles, no sólo en los árboles de los cementerios, sino en esos otros de copas altas, como cabezas de mujer, zarandeados por el viento, los árboles de mis paseos, de las películas de cine, dejando una resina que es como fuego líquido y santo en mi corazón. Cierro los ojos y los huelo.
martes, 20 de septiembre de 2011
Cierro los ojos y los huelo
miércoles, 14 de septiembre de 2011
El fin de la guerra
Vi un peine tirado en la calle. Uno de esos con púas de plástico, que antes llevaban los caballeros en los bolsillos de la chaqueta, o entre las solapas de la cartera de piel. Ahora sería un gesto trasnochado, pero hubo un tiempo en que podías ver a un hombre deteniéndose en la calle para pasarse el peine por los cabellos, reculando frente a la luna de una tienda. Era, tal vez, un signo de coquetería viril, un vestigio de un narcisismo inofensivo y galante. Mi tío Genaro, a punto de jubilarse, tiene esa afición capilar, porque siempre se tuvo por guapo. Tirado en el suelo, aquel peine me hizo pensar en una época donde los hombres transportaban sus ilusiones en un bolsillo, como tahúres viajando solos con un mazo de cartas. No en un portátil, o en un chip prodigioso, sino en un simple fondillo de tela.
Veo a esos hombres de espaldas, oliendo a loción de afeitar, y reconozco que me conmueven. Es algo inexplicable: me los imagino besando a una chica en mitad de Times Square, el día que anunciaban el fin de la guerra.
lunes, 5 de septiembre de 2011
Un mago incomparable
Jacobo Timmerman, el ilusionista de la chistera verde y el ojo de cristal, que fue capaz de introducir un elefante y dos serpientes en una cabina de teléfonos, salir indemne de una inmersión a cien metros de profundidad en el Ártico y pernoctar en la alcoba de la Reina Margarita de Holanda después de esfumarse ante los atónitos ojos de mil espectadores en el Royal Albert Hall de Londres, resucitó este domingo, rodeado de su escueta familia, tras leer su propio óbito en un periódico de New Jersey.
miércoles, 31 de agosto de 2011
Decepción
Me acuerdo a veces de las personas a las que he dejado en la estacada, a las que no escuché como merecían, como correspondía, a las que incluso traté con un tic de displicencia. Veo a P., cuya trayectoria profesional se había alejado de la mía muchos años atrás, sentado en mi oficina, susurrándome mi vida se ha derrumbado, se han roto los lazos familiares, ni siquiera me queda aquel pequeño negocio, lo veo contándome una historia de fracaso canónico, de manual, agravada por desenlaces aciagos, patéticos, casi un poco inverosímiles. Intentaré hacer lo que pueda, le digo, dame tu móvil, lo acompaño hasta el pasillo, palabras de gratitud, un apretón de manos, un silencio angustioso, un suspiro de alivio cuando se cierran las puertas del ascensor. No conservaré el móvil, meses después me acordaré vagamente de él por una oportunidad y no encontraré el número, intentaré localizarlo a través de un tercero, sabré perfectamente que practico un simulacro, una especie de justificación estéril, las puertas del ascensor viajando la una hacia la otra, eso es lo que recordaré con una nitidez hiriente, el rostro de mi amigo recortándose en el espejo manoseado del fondo, su rostro flaco y su sonrisa triste, el bigote humedecido. Él sabía, con una certeza desoladora, que no le prestaría ninguna ayuda.
martes, 26 de julio de 2011
Nubes
No soporto el cielo sin nubes, aunque aborrezco la niebla. Sé que hay gente que acepta el sopor de la canícula a cambio de sentir el sol en sus huesos. Las nubes me conmueven y me hacen pensar que el mundo tiene sentido. Una vez, bajando una montaña, sufrí un terror ciego mientras descendía en medio de una tempestad (corría por la ladera cobarde, insensatamente, dejando atrás a los más débiles). Los truenos sonaban a nuestro alrededor como crótalos siniestros, llenándonos de angustia el corazón. Estoy dispuesto a pagar ese precio a pesar de cagarme en los pantalones. Un millón de veces antes un cielo entenebrecido que un lienzo desnudo. Cielos donde, al menos, aflore un diminuto cardenal. El cuello de la cazadora alzado mientras las nubes se desgajan como ramas viejas, como camisas que llevan demasiado tiempo al sol. A veces me las quedo mirando sin respirar: masas hinchadas que avanzan amenazantes, presagiando un día húmedo y ventoso. La ciencia las define con una caligrafía de flechas, de mapas isométricos, pero para mí son islas que viajan alrededor de la tierra. Nube oscura, nube añil, nube del alma, yo te bendigo cuando camino bajo los cielos. Sobre bosques sonoros o diligencias renqueantes, os imagino dejando pasar las horas. Sí, ya lo sé, vuelvo al pasado, a las ventanas de mi niñez, y mi madre diciéndome que tengo la cabeza en las nubes.
martes, 19 de julio de 2011
De regreso
En medio de la rotonda, en un atasco bestial, entre conductores que hablan por sus móviles con las manos crispadas al volante, acosado por los bocinazos y la peste a gasolina, justo a la izquierda, al lado de unas casas chatas y pobres, a veces hay una cuerda en la que veo tendidas mudas viejas, pantalones holgadísimos, chándals de colores eléctricos, bragas y pinzas, pinzas solitarias como orejas puntiagudas, y una loma que se recorta en un cielo que es un escupitajo de nácar. Nunca hay gente en ese lugar, pero cuando miro por el retrovisor, saliendo de la rotonda, me imagino a una niña rasgando como un pequeño huracán las sábanas de la tarde blanca.
miércoles, 29 de junio de 2011
Periferias
El primer día de clase el alumno apareció montado en una moto de aspecto macarra y sin dejarle echar el pie a tierra, los municipales que lo perseguían se abalanzaron sobre él, le aplastaron los morros contra una chapa y lo esposaron entre maldiciones y jadeos. Intervine para decirles que aquel era un espacio docente, pero el más rudo me plantó una mano enguantada frente a los ojos y, por su forma de mirarme, me dio la impresión de que creía ser la reencarnación de Liberty Valance. Al día siguiente, con el fin de plantear mis protestas y pedir explicaciones, fui a ver al comisario, un cincuentón sosegado y flemático que, después de pedirme disculpas, me dijo que el chico, camino de
