domingo, 7 de marzo de 2010

Los regresos fugaces

Regresa al nido de vez en cuando y en una de esas cenas con amigos que han tenido su prole rebasados los cuarenta, te vuelve a oír la historia cien veces repetida de que siendo bebé nos robaba el sueño, su llanto inconsolable y nocturno, las mecedoras insomnes donde intentabas adormecerla estérilmente y ves que pone cara de resignación, los padres tenemos un sexto sentido para ser despiadados, para evocar con fruición el sacrificio de los pañales y las papillas, las tardes lluviosas en los parques con tiovivos y caballos de madera, hay que ver la de horas que pasé contigo, le dices, y menos mal que comías bien, y que había médicos sin remilgos para explorarte la garganta, que no abrías la boca ni por casualidad, y las vacunas, y los cumpleaños ruidosos e interminables, pero en el fondo lo que quieres contarle es otra cosa, lo que quieres confesar es que te gustaría volver a su niñez, a tu juventud, aunque sólo fuera para ver cómo perseguía una hormiga con unos dedos minúsculos y unos ojos asombrados, para contarle cien veces aquel cuento extraño de los Hermanos Grimm, porque el cuento al final acababa siendo un mapa donde los dos os perdíais sin saber muy bien cómo, en un otoño donde la luna giraba como la cabeza de una lechuza por el cielo, y según pasa la tarde y se extingue la velada, lo que te viene a la mente son otras cosas, que a sus veintiún años la sigues echando enormemente de menos, que lo que te gustaría decirle, en realidad, es que no tenga miedo a nada, ni a la angustia ni a la tristeza, absolutamente a nada, porque es prodigiosamente libre, y tiene una luz que la acompañará siempre, la misma luz que se derrama sobre otras mujeres jóvenes, a lo mejor una chica finlandesa que mira aburrida por la ventana de un invierno que le parece eterno, o la de una muchacha que viene de recoger agua desde un pozo lejano, esa luz no la tenemos nosotros, los hombres irritables y fatigados, los padres que van acumulando escombros en el corazón, decepciones en la espalda, preguntas sin respuesta, y que cuando ven retornar a los hijos, en esos autobuses que parecen carrozas pesadas y cansadas, sienten que merece la pena seguir limpiando las ramas del nido, despojarlas de impurezas, darles un poco de pintura, como hacen los pescadores retirados con sus barcas, que las cuidan con una tenacidad inexpugnable, aunque ya naveguen sólo en las noches templadas, por la sencilla razón de que si ven a sus hijos caminando por la playa, haga viento o llovizne con furia, izarán de nuevo las velas blancas y saldrán con ellos a la mar.

viernes, 5 de marzo de 2010

El seductor montaraz

El prototipo de seductor o casanova nos habla de un tipo atlético, de nariz griega y mentón viril, ojos grandes y mirada penetrante, verbo porteño y embaucador, modales de galán cosmopolita y aire elegante pero ligeramente desaliñado, brioso, aunque sin caer en excesos como la falta de aseo personal. Naturalmente, y siempre con estupor, uno ha conocido verdaderos adefesios barrigudos que, inexplicablemente, se llevaban a las mujeres de calle, habremos de pensar que por alguna clase de magnetismo que sólo percibían ellas, amén de la presunta fama que el conquistador de turno se gastase en tallas de ropa interior o en las longitudes legendarias de su miembro viril (¡Veinticinco centímetros en estado de reposo, oiga!, calibraba a gritos un tipo ebrio que vi un día a la puerta de una iglesia).
N. me habla de que en el remoto pueblo en el que ella va a veranear en las montañas del Bierzo existe un tipo bien parecido y mecánico de profesión (los mecánicos, como las enfermeras en otro orden, siempre han gozado de cierto sex-appeal: no sé, tal vez esos cotones deshilachados como bragas hechas jirones; o las manos lubricadas con el aceite de los rodamientos) que en los últimos años, además de piezas aisladas, ha conseguido reunir en el mismo lugar en el que trabaja (ya decimos: poco más que una aldea perdida entre urces y árgomas) a tres mujeres, la primera novia y esposa confesa durante quince años (a la que ya divorciada tiene contratada en el taller de secretaria), la segunda una isleña que conoció en unos de sus viajes libertinos y que abandonó su carrera como funcionaria del Estado para ir a vivir al culo del mundo con él, y la última una gallega que, otro tanto, dejó hijos, reputación de provincias y ocupación en la capital para arrojarse en sus ardientes brazos. El caso es que la segunda se tuvo que buscar la vida en el pueblo y la tercera, de momento, reside como consorte en casa del aludido.
Yo creo que a este tipo habría que erigirle un pequeño busto en la plaza de ese recóndito pueblo, e incluso ponerle como ejemplo de lo que en esta vida debería ser un credo existencial: vive, folla y nunca dejes de pensar que los harenes, por menudos que sean, tienen su delicado fulgor. Que conste que lo digo también en sentido inverso, pensando en el género femenino, con sus efebos y esclavos rondando sus casas, mientras ellas meten los pies en leche de burra y en barreños de porcelana.
Me da que el motivo de este traje literario que me he cosido hoy, se debe a que, con la llegada de la primavera, me están entrando ganas de quemar los abrigos y salir – así me sofoque el ridículo – vestido con taparrabos a la calle… O mejor por las playas del mundo, para tomar el sol en pelotas encima de cualquier roca.
No se imagina Sr. Paz, me comentaba un viejo profesor en clase de física, lo que dan de sí la mecánica y la hidráulica.

martes, 2 de marzo de 2010

Digresiones a la luz de una vela de sebo

La mayoría de las empresas y las comunidades de vecinos acaban por convertirse en nidos moralmente apestosos, llenos de tensiones y actitudes hipócritas, cuando no de enemistades y fricciones cristalizadas con una abnegación digna de mejor causa. Lo peor de la raza humana va surgiendo en la larga fila de días en que las personas se encuentran en el ascensor o en los pasillos, mirándose de reojo, poniéndose zancadillas virtuales (siempre hay algún audaz que empuja a la ancianita en silla de ruedas escaleras abajo) o largando vilezas en la pausa del café acerca de tal o cual compañero. El aire, como se suele decir, puede volverse irrespirable, y se dan casos de vecinos que aporrean las puertas de madrugada y de profesionales que dejan notas secas y amenazadoras en el frontispicio del ordenador. Así van pasando las semanas, lentas e insidiosas, formando una pelusa pegajosa y enorme que evoca esas madejas de hierba seca que son impulsadas por el viento en las películas del oste. La gente se alarma cuando ve la formidable cantidad de conflictos bélicos que se despliegan en el mundo, pero lo misterioso es que no haya más, muchos más, que no se tire de bayeta y munición en los arrabales que rodean nuestras propias ciudades. Si lo piensan bien, a poco que nos dejan, enseguida intercambiamos insultos a bordo de nuestros coches y la línea que separa la actitud cívica de la agresión petulante es más fina que el cabello de un niño. Hay que hacerse a la idea de que muchas personas, en numerosas circunstancias, se convierten en verdaderos gilipollas y que mires donde mires cada día parecen más: por insensibles, por ególatras o por majaderos, pero infinitamente más. Ese es el horizonte que te espera en la madurez y el espejo en que se reflejará una parte de tus actos cada mañana. No queda otra que envejecer presintiendo que el mundo se va llenando de culos y bocas que hablan sin pensar (a veces más las segundas que los primeros) y que llegado el momento de la verdad, cuando sepas que las cosas importantes son realmente dos, lo mejor que puedes hacer es irte a una isla y arrojar el puto teléfono móvil y el televisor a la basura, si es posible en un punto de reciclaje, y sino a las puertas de un cuartel, que ahí persisten alzados, para recordarnos que los mosquetones y las balas trazadoras siguen siendo el negocio más próspero y rentable que, con nuestra connivencia silenciosa, siguen manejando toditos los gobiernos del mundo.

viernes, 26 de febrero de 2010

Cascotes

El padre me dio una bofetada. Estaba tremendamente enojado, le había lanzado un trozo de ladrillo a su hijo y le había provocado una brecha en la frente. Sangraba y lloraba abundantemente, un trazo de suero color ciruela que se represaba en sus labios. Yo estaba solo, encajé el golpe del padre con el rostro encogido y rojo como la grana. ¿Por qué lo has hecho?, me gritaba colérico. Yo apretaba la boca y miraba al suelo, mientras él insistía con expresión de gárgola. Lo peor de todo es que no se lo podía explicar, porque no lo sabía. Había conocido a su hijo media hora antes y, por esas circunstancias azarosas que se suscitan entre los niños, había surgido entre los dos una simpatía súbita y profunda. Estuvimos dándole patadas al balón un rato, hasta que nos acercamos a una pequeña escombrera que había junto a un talud. Entonces decidimos que sería divertido arrojar cascotes a su interior y comprobar quién rompía más, o quién era capaz de arrojarlos más lejos. No recuerdo su nombre. En un momento dado el otro niño se adelantó y me quedé mirando su nuca blanca, su rostro sonriente mientras removía los cascotes y exclamaba: “¡Aquí hay un par de ellos muy buenos! ¡Ven!”. Entonces, sin motivo ni causa alguna, lancé el que transportaba en la mano con la idea de rebasar su cuerpo, pero sabiendo con una certeza siniestra que no lo lograría.
Mi madre, después de que le contara el suceso, dijo que aquel hombre estaba mal de la cabeza, que los accidentes eran imprevisibles, que esas cosas les ocurren a los críos cuando juegan donde no deben. Yo permanecía mudo, caminaba agarrado a su mano, no me podía quitar de la mente el rostro del niño emborronado por la sangre y las fauces de su padre ladrándome en la cara.
No es agradable pensar que en uno moran esos instintos o que es perfectamente capaz de hacer cosas absurdas o irracionales.
Peor aún, tal vez, sea saber que un ser anónimo con el que acabas de congeniar puede clavarte un puñal cuando le das la espalda.
No vale el arrepentimiento convulso, ese que nos hinca de rodillas y nos sume en una postración profunda y piadosa. Sólo queda vivir con la idea de que puedes convertirte en un homicida, si no aprietas los dientes con fuerza y rompes con tus nudillos la imagen que refleja tu rostro en el espejo.

martes, 23 de febrero de 2010

El Pupas

El médico personal de Cabrera Infante le solía recriminar al célebre escritor su actitud quejosa y aprensiva y el cubano, cuando se hartaba de tanto reproche, le decía: “¡Joder, los hipocondríacos también se mueren!”. Yo paso por ser un hipocondríaco contumaz (no diré que un buen escritor), pero hubo una época en que tuve motivos para hacer honor a mi fama de pupas gracias al misterio de mis narices: por algún motivo insondable yo tendía a tenerlas perpetuamente congestionadas, pero no con unos mocos fluidos o más o menos viscosos, sino con una secreción de densidad sebosa que me impedía dormir en paz. Los doctores se tomaban el asunto como un reto y probaban conmigo toda suerte de dispositivos diabólicos. Un afamado otorrino de Bilbao estuvo varios años achicharrándomelas semanalmente, con un aparato que, para que se hagan idea, era como una versión diminuta de ese pararrayos que chisporrotea salvajemente en el momento en que el monstruo de Frankenstein entra en vida. El muy cabrón a veces llevaba a colegas a su despacho durante las sesiones y explicaba las bondades de su método mientras la consulta se llenaba de olor a carne quemada. No fue ese el único psicópata que me tocó las narices, pues años después, también otro prestigioso y, por supuesto, oneroso otorrino, me introdujo en sendas fosas, y sin anestesia, una aguja de proporciones considerables, atravesándome los senos paranasales para, según sus palabras, despejar mis conductos de una masa purulenta resistente a los antibióticos. Por lo que me contó un primo médico, ahora podría ejercer de fakir deslizando una aguja de coser por mis napias hasta rozar la base del cerebro. Lo que me asombró en aquel instante de terror quirúrgico-gótico, no fue tanto el dolor indescriptible que me provocó aquel remedo de Dr. Mabusse, como que yo apenas gritara de la perplejidad que me producía estar allí inmóvil y sin aplastarle los huevos, mientras una enfermera con bigote me sujetaba la cabeza como si fuese un conejo presto a ser degollado. Benditos galenos. El caso es que alguien me dijo que si cambiaba de clima a lo mejor se me quitaba el mal y tiempo después, respirando el aire puro de León, mis narices se abrieron caprichosamente al mundo.
Lo paradójico de todo esto es que yo acabé estudiando un año de medicina.
Pero esa es otra historia.

sábado, 20 de febrero de 2010

Silencio

Sin ningún género de dudas, y sin menoscabo de otras virtudes que han ido templando mi carácter y convirtiéndome en un hombre de provecho, yo fui un bebé sosegado, obediente y cariñoso. Comía a las horas, me dejaba poner gorritos de lana con lazos y cenefas, permitía que las viejas me pellizcaran los carrillos sin rechistar, aprendí a controlar mis esfínteres a edad temprana y, fuera de una noche en la que desperté con mis berridos a media comunidad por un espantoso dolor de estómago (que mi padre, siguiendo alguna costumbre arcana de su aldea, calmó untándome el abdomen con tocino), dormía en mi cuna profunda y angelicalmente. Las fotos de la época retratan a un niño delicioso y feliz, de aspecto sano y robusto. Una mañana en la que mi madre preparaba la papilla, me subí a una banqueta y me asomé a la ventana del salón, supongo que con la heroica intención ver el mundo desde una altura de tres pisos. Mis piernas se balanceaban en el aire y la mitad de mi cuerpo se quedó apoyado sobre un alféizar azulejado y resbaladizo donde la vecina del cuarto, al sacudir el mantel, había arrojado migas de pan. Cuando mi madre regresó, se quedó mirando aterrorizada el espectáculo, pero un sexto sentido la hizo taparse la boca con las manos y evitar que, con su grito, yo me fuera directo al otro barrio. Seguramente, si hubiese dejado escapar una sola sílaba, por tenue que fuese, yo me hubiera movido asustado, para convertirme segundos después en algo así como esos muñecos desarticulados que vemos arrojados, con la cabeza por un lado y los miembros por el otro, en los contenedores de la basura: un guiñapito de sangre y huesos aplastados en la calle, con un buñuelo de sesos esparcidos por la acera. En lugar de eso, se desplazó veloz pero silenciosamente y me tomó entre sus brazos jóvenes y asustados.
Actualmente mi madre habla mucho, muchísimo, como una cotorra, como una de esas presentadoras locuaces de Les Folies Bergeré, cuando la veo la miro con resentimiento y a menudo le suplico que se calle unos instantes. Cuando me llama por teléfono, a veces dejo el auricular posado un rato en el aparador, mientras atiendo otros asuntos. No me suele hacer demasiado caso, pero en ocasiones consigo que permanezca unos minutos callada, o refrene su discurso desaforado y vertiginoso.
También, algunos días, la sigo viendo en aquella puerta, controlando el horror que pugnaba por salir de su garganta, en el silencio cegador de una mañana de julio.

lunes, 15 de febrero de 2010

Noches

Había llegado el verano y empezaban las fiestas a lo largo y ancho de Babia. Me monté en el coche de M., que estaba radiante, y me anunció que antes de ir al baile pararíamos a cenar en casa de sus tíos. Pero sí yo ya he cenado, le dije. Levantó el pie del embrague y mirándome como si fuese un marciano, o peor aún, un proscrito sin honor ni escrúpulos, me recordó: Aquí, en Babia, si hace falta, se cena dos veces. La noche fue un itinerario de patas de cordero y roscones, cubatas y música verbenera, para acabar en una discoteca cutre donde dos amigas de M. (tú apriétalas como si te fuera la vida en ello, me conminó) se prestaron a bailar y beber con nosotros, sin importarles demasiado que nuestras erecciones fuesen una evidencia física que desmentía la fuerza de la gravedad. Yo tenía quince años. Hasta que una de ellas, mientras sonaba Roxanne, se burlase comentando que aquella canción era una mierda y yo me preguntase qué diablos hacía pegado a una hembra con el cerebro de un guisante como un pulpo en celo. Conseguí que alguien me devolviese a casa de mis abuelos haciendo autoestop, y al abrir la cancela e internarme en el jardín, pensé que no tenía remedio, que nunca me llevaría a una chica a la cama y que mis esfuerzos por orinar entre un macizo de malvas, se parecían a los de Tántalo subiendo la roca con que habían castigado su humana soberbia los dioses. Era una noche como la pulpa de un durazno oscuro, en ramas de savia negra, como un barreño rebosando de tinta azul. Nunca volví a ver aquellas estrellas colgadas sobre mí, estiré el brazo con la intención de tocarlas, juro que me abrazaban, que me rozaban la frente y los párpados helados. Sentía el alcohol fluyendo por mis venas y el aliento flotante que salía de mis labios, estaba a un paso de quedarme allí, sentado en un tocón, esperando a que la noche me envolviera en su dulzura gélida y mortal. La luz de mi habitación estaba encendida y mi abuela había calentado la cama. El colchón que se hundiría al sentir mi peso, las sábanas blancas y almidonadas, la opulencia de las mantas aislándote del mundo. Conseguí subir y meterme dentro, no me dejé morir de frío en el jardín, habría de dormir aquella noche, y otras muchas, lejos de un mundo inhóspito, como un animal joven y vulnerable compartiendo su lujuria blanca con las últimas estrellas.