A veces me pregunto cómo he conseguido a lo largo de mi vida hacerme con tantos enemigos. Lo curioso del caso es que muchos de ellos, a pesar de lo que me dictaba mi conciencia (o precisamente por eso), me los he granjeado por obrar con rectitud. No me estoy refiriendo a enemigos más o menos banales, furtivos o gaseosos, rivales de alcoba o vecinos con cara de malas pulgas: hablo de indeseables que me llamaron a casa de madrugada, me enviaron bultos sospechosos al trabajo o me amenazaron con partirme las piernas. Gente que, en una ciudad tan pequeña, a veces me encuentro por la calle y, desde un iris del color de una sopa fría, me miran con una mirada vitrificada por el odio. Sí, admito que yo también he mirado así a otros seres humanos, especialmente cuando van en coche o sonríen con suficiencia en restaurantes pudientes. Incluso he pensado en hacer expediciones nocturnas empuñando un cuchillo con mango de carey. Pero siempre acabo pensando en esa frase que soltaba Clint Eastwood en Sin Perdón (“matar a un hombre es muy duro, le despojas de todo lo que es… y de todo lo que podría llegar a ser”) y acabo por retirarme a la cueva. No sé, puede que mi principal enemigo esté dentro de mí: ese tipo que intenta caminar por el mundo apretando entre los labios una brizna de honestidad. Qué gilipollez. Tal vez por eso me gusten las bebidas refrescantes con un fondo amargo… y los hielos que flotan en él con forma de bala.
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martes, 12 de abril de 2011
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