jueves, 24 de febrero de 2011

enlascallesloslabios

Me encuentro a Juan en una de esas calles sucias y estrechas que vengo cruzando desde mi niñez y, después de recomendarme con voz de converso La broma infinita de Foster Wallace, me pide que me mire las uñas. Extiendo la palma en lugar de replegar los dedos y me dice que así es como lo hacen las mujeres, o al menos las mujeres coquetas, dejando en el aire una sospecha furtiva sobre mi virilidad, no sé si social o cromosómica, pero a estas horas, con el estómago vacío, mis manos sólo buscarían esos pechos blancos que se pronuncian bajo mallas de acero y que tienen la fragilidad trémula y nupcial de una manzana virgen. Puedo imaginar, en medio de la nieve, a una joven que cabalga rítmicamente hacia mí, aunque en la calle (los callejones anónimos que vengo recorriendo desde mi niñez) se ven mujeronas con bolsas de plástico, embrutecidas por el tiempo, al igual que esos niños grises que pierden la gracia y el candor en la penumbra de los hospicios. Los hombres no merecen mejor suerte que la que tienen, pero ningún Dios debería permitir que las mujeres perdieran su belleza, la de los veinte años, por efímera que fuese, no sólo por una cuestión de canon estético, o de justicia poética, sino porque bajo su mirada el mundo sería un infierno dulce, la única de las razones por las que merecería vivir en él, en un reino de cielos salvajes, con todos nosotros merodeando las calles (las calles tristes de nuestra niñez) y la zarza tierna de sus labios.

miércoles, 16 de febrero de 2011

El jugador

Perdí a una edad temprana un dinero que no tenía, participando en un juego de mesa del que ya no recuerdo ni el nombre. Nunca tuve maneras de tahúr, ni fisonomía, ni el carácter que se asocia a un jugador curtido: su calma proverbial, el pulso firme, la mirada inexpresiva de quien se tira un farol. Sin embargo, creo que sería capaz de quemar todas mis naves en un envite y perder el honor en un momento de éxtasis. Convertirme en un ser abyecto por un mazo de cartas manchadas y salir de una timba con los pantalones bajados. Corromper mi espíritu por contar con una ficha más. Si confieso esto la gente no me cree, pero podría llegar a ser muy miserable. Alcanzar esa hora en que la ginebra sabe a ceniza y los colibríes rebotan en tu cabeza como balas invisibles. Salir de un garito tambaleándote más allá de la desesperación. Hay algo subyugante en exprimir hasta el último chavo y saber que nadie rezará por ti. La calle helada como una morgue y un bulbo de cemento en tu nuca. El susurro del Jaguar de quien te ha ganado la última mano. Sólo los jugadores que apuestan el alma saben lo que eso significa: algo en la vida, en el núcleo de la vida, huele igual que los bolsillos de los perdedores.

domingo, 6 de febrero de 2011

Febrero

A Ignacio Abad
Empieza a salir tímidamente el sol y me acuerdo de esas personas que han nacido un veintinueve de febrero, y pienso que este año se acercarán a esa fecha con una mezcla de placer y vacío en el corazón, como esos exploradores que cruzan el meridiano sin saberlo y miran al cielo intrigados, expulsados del tiempo sin saber bien dónde se encuentran, como esos pueblos que huyen de una epidemia desoladora, o como el exiliado que toma café en una plaza que no conoce, demorándose en su sabor amargo con una pereza esquiva, observando a un perro vagabundo que sortea una calle llena de coches, los pájaros no saben que la rama donde se balancean dio sombra a ese ser anónimo, el mismo que ahora abre la puerta de una casa que no le pertenece, alguien que pudo haber nacido un veintinueve de febrero, que guarda en el bolsillo un papel donde escribió su nombre, a lo mejor para que no se le olvide, como otros tallan en la corteza de un árbol un corazón o un epitafio, y ese viajero que odia los domingos y las tardes sin luz me mira desde la ventana sucia del balcón, tiene los ojos grises y cansados, podría decirle que nos pareceremos cuando él ya no esté aquí, pero sólo tengo tiempo de escribir mi propio nombre en otro papel, éste que otros leerán en la soledad de sus habitaciones, la soledad pura de febrero, que al final de sus días se asoma a una avenida a la que a veces el viento despoja de hojas y pájaros.

domingo, 30 de enero de 2011

Memphis

Sí, supongo que es una ironía insoportable que escriba sobre ti, después de tanto tiempo, el mismo que llevo redactando necrológicas, ya sabes, mi vocación clandestina, el punto más bajo de mi dedicación profesional, de mi frustrada carrera como periodista. Intuyo la expectación de la ciudad, la curiosidad de los lectores, el sollozo hipócrita y dulzón que verterán mis colegas. Incluso me parece sentir su aliento en la nuca, despiadado y malicioso, murmurando que no me haga de rogar. Aunque ellos saben que no les decepcionaré, que no puedo hacerlo, porque fui, como se suele decir, un testigo privilegiado: y éste es mi oficio, la tarea por la que me pagan, supongo que a regañadientes, mis noches de insomnio.

Así que les confirmaré la verdad, lo que ya conocen, que eras un ser admirable, una criatura única, una mujer de belleza turbia y cegadora. Que naciste en el seno de una familia pudiente, una de esas estirpes ingobernables, que habitan a su antojo los palacios del mundo. Que creciste viendo Renoirs y caballos de carreras, y rostros blindados en el espejo de tu salón. Que aprendiste a deslizarte entre fortunas sin que nadie corrompiese tu espíritu, como una sirena salvaje, como un velero blanco en medio de la tempestad: fue así como te conocí, entre perlas y fajines, rodeada de luces y nobles medallas. Un gacetillero como yo, escarnio de miradas, aturdido por una opulencia que no compartía. Recuerdo que me miraste en medio del salón, no parecías real, viniste hacia mí con un libro en la mano. “Supongo que es usted el único que lo ha leído”, susurraste, y lo extendiste con una sonrisa furtiva, una edición de lujo, La Balada del Viejo Marinero, de Samuel Coleridge.

Pero eso fue antes del delirio, de casarnos en secreto, a despecho de tus padres y la prensa del país. Luego vinieron los viajes, mi afición al alcohol, tu larga – que yo imaginé triste – cadena de conquistas: marxistas de salón, artistas otoñales, adictos al sexo y los cuentos de Nïn. Nos peleamos, las viejas peleas, y luego pactamos, tuvimos hijos, aceptamos resignados los obsequios de tu padre. Maduraste, te hiciste más bella, y yo asistí, sublevado, a tu dulce consagración: la primera senadora, la musa de Yale, la esposa, con todo, de un escritor fracasado. Hasta que un día – un día sin luna, con niebla en las calles – dijiste adiós y cerraste, despacio, la puerta de nuestra casa.

Ahora no hay nada, no queda nada, sólo una lápida que cubre tu cuerpo. Todas las mañanas riegan el césped y dejan flores – rosas frescas y hermosas - a los pies de tu tumba. No seré yo quien las profane, quien evoque la nostalgia que devora mi cuerpo. Paseo entre las verjas, soporto sus miradas, empuño un paraguas los días de sol. Alguien insinúa, con una mueca, que sólo acudo a robar tu memoria. Qué más da, me digo, qué escupirán, qué mierda les importará mi lento desahucio. Qué sabrán ellos, todos ellos, lo que sufre en silencio mi alma vencida. Porque si estas líneas hablan de nosotros, de nuestra rivalidad y desengaños, ninguna revela, porque no puede, lo que yo conocí: la primera noche, el asombro en mis manos, el temblor azul de tu piel desnuda. Y aquel beso que me diste, sin música ni estrellas, en el andén desolado de una estación de Memphis.

jueves, 20 de enero de 2011

Máquinas

Desde hace tiempo me persiguen las máquinas. Esto me recuerda una peli de serie B que vi hace muchos años, donde una excavadora monstruosa acosaba con saña hidráulica a un puñado de protagonistas vestidos con buzos de algodón. En mi caso, se trata de vehículos más livianos, como coches y bicicletas, pero suplementan su ligereza con una precisión diabólica. Hace un mes, sin ir más lejos (término muy apropiado para la naturaleza de lo que narro), me atropelló un Seat Toledo en una rotonda. La cosa no pasó de una contusión en el cóndilo interno de la rodilla (¡cóndilo!, qué nombre tan sugestivo: ¿no hace pensar, acaso, en un hueso lujurioso y lubricante?), aunque verme allí, tumbado patas arriba como una tortuga muerta, hirió seriamente mi dignidad. Naturalmente, me cisqué en todos los parientes del chófer, que pálido y desencajado me condujo cívicamente a un hospital. Lo peor, sin embargo, ha venido de la mano de los numerosos médicos, abogados y forenses que han aparecido en mi vida desde entonces, un enjambre de insectos babosos y carnívoros. Prefiero omitir los detalles, para no empañar la delicada arborescencia de este blog. Lo curioso, no obstante (en una especie de parábola inversa), es que desde que tengo trato con ellos me han entrado ganas de atropellarlos al anochecer. Cuando salen de sus consultas y bufetes, orgullosos de su prestigio, orondos e impasibles. Reprimiré esos impulsos poco edificantes. Sobre las bicicletas asesinas, las que acechan sibilinamente en los chaflanes del bulevar, hablaré otro día.

lunes, 3 de enero de 2011

El viento

La casa donde nací sigue teniendo el pasillo angosto y el mismo baño raquítico donde me duchaba con agua helada, el cuarto que daba a un patio interior con tendederos que desafiaban la ley de la gravedad, como arañas colgando de un hilo que siempre estaba a punto de romperse. Si algo recuerdo de mi juventud es el jaleo del viento en aquel patio, su bronca de muelles y veletas, haciendo temblar los huesos de los muebles y las tablas de las persianas. A pesar de la insolencia del aire yo dormía como un bendito. Por la mañana el tren me llevaba entre casas oscuras a los pabellones de la Universidad, pero entre aquellas sábanas que mi madre planchaba para que siguiese soñando con caracolas, yo imaginaba que iba a bordo de un barco, o subiendo por una ladera pintada de nieve, mientras mi padre roncaba su fatiga de obrero y la ropa tendida al oscurecer se retorcía sobre las cuerdas con una furia de latigazos. Cómo soplaba aquel viento sin bridas de los dioses. Las novias nunca me duraban demasiado y ahora pienso que la culpa la tuvo aquel aire enloquecedor, que inexplicablemente sigo echando de menos, como los pobres sioux debieron añorar las praderas de su infancia, aquel mar de hierba teñido de sangre, los búfalos de hocicos humeantes bajando de las colinas... Por las mañanas yo veía fábricas que se caían a pedazos desde la ventanilla del tren y pensaba que solo el viento golpeaba los cristales sin importarle la desesperada soledad de los clavos. La herrumbre, como una viuda despechada, se dejaba abrazar por él, y hasta los viajeros fortuitos, mientras oían sus aullidos, guardaban un silencio maravilloso.

martes, 21 de diciembre de 2010

Feliz Navidad (versión Tim Burton)

Creo que agradeceré siempre su llanto y el elocuente responso del cura. El rostro sollozante de las mujeres y el silencio respetuoso de los mayores. Incluso que hayan depositado sobre mi tumba un puñado de flores frescas. Pero cuando nadie quede aquí, cuando se haya evaporado el crujido del último carruaje, lo que pronto sabrán es que festejaré, con las mandíbulas sedientas, que me hayan enterrado vivo.